En pleno centro de la ciudad, justo al lado del café La Estación, donde el cortado viene con más espuma que leche, y a pasos de la estación del tren donde el estrés huele a sudor y ansiedad mal planchada, estaba Glam Studio: una peluquería con espejos brillantes, pisos encerados y revistas del 2009… pero con el ambiente tenso de un convento en huelga.
Allí mandaba Doña Mireya, también conocida como La Tijerana. Dueña, jefa, verduga y madre del trauma colectivo. Su bata blanca siempre apretada hasta el cuello (como su alma), su peinilla de metal colgando como machete ceremonial, y un moño tan duro que parecía esculpido por Miguel Ángel Buonarroti. No era que dirigía un salón. No. Era como si administrara una cárcel de belleza donde la única ley era el miedo... y la laca. Sus reglas eran implícitas, pero se sentían como un ácido en el aire:
- No se habla mientras ella respira.
- No se suda mientras se plancha (porque “el sudor arruga la actitud”)
- No se pide aumento. El único “extra” es que sigas viva al final del día.
- Y si vas a llorar, que sea en el baño... y en mute.
A Claribel, la asistente afrodescendiente, la humilló por dejar cinco segundos más el decolorante:
—Tú no sabes ni contar, bruta! ¿O es que te graduaste en una fonda con WiFi?
A Rebeca, la manicurista, la hizo fregar el piso con su propio papel de aluminio:
—¡Aquí no se viene a inventar! ¡Se viene a brillar! Y si no brillas, friegas.
Todo el mundo aguantaba. Por el nombre. Por el miedo. Por no salir a buscar trabajo en otro infierno con otro nombre. Hasta que un día llegó Sebastián. Estilista de profesión, artista por genética, y con más brillo en la mirada que en la vitrina de esmaltes. Con manos de cirujano, swing de carnaval y ese acento ambiguo que huele a sarcasmo con base Fenty. Venía de Zona Rosa, de trabajar con divas, con reinas reales y ficticias, y con clientas que hacían fila solo para que les tocara la raíz. No vino a suplicar. Vino a colaborar. Pero La Tijerana, alérgica al talento ajeno, lo miró como se mira a un tatuaje mal hecho: con juicio, envidia y deseo reprimido. Todo iba más o menos bien, hasta que un día, mientras Sebastián aplicaba un balayage celestial, Mireya le gritó desde la recepción como una gallina satánica:
—¡Ese tinte está muy claro, niño! ¿Tú quieres que esa señora salga pareciendo pollo sin sazón?
Sebastián, sin levantar la vista, contestó mientras distribuía el color como si bendijera:
—Doña Mireya, con todo el respeto que usted se merece, esto es técnica francesa. Usted se quedó en las mechas de cassette y todavía cree que el rubio se consigue con Sol y Cloro.
El salón se congeló. Una clienta dejó de mascar chicle.
Mireya se le fue encima, en plena pasarela del pasillo de los lavacabezas:
—¡Tú no sabes con quién te estás metiendo! ¡Yo soy la reina de este salón!
Sebastián se giró con una sonrisa que olía a venganza cítrica y ahí si fue verdad que estalló:
—“¿Reina? Usted es de esas que ni los siete enanos quieren. Blancanieves le habría dejado el espejo solo para que se viera el desastre de personalidad que carga.
Y siguió:
—Y otra cosita, mi amor… ¿esas nalgas? Háztelas revisar. Porque parecen las de una puerca vieja que se sentó mal en un blower.
El silencio fue absoluto. La música de fondo (una salsa de los noventa) se detuvo como si la canción también quisiera ver el desenlace. Mireya gruñó. Se puso más rabiosa que una serpiente con ortodoncia.
—¡Fuera de mi salón! ¡Fuera, estúpido ridículo!
Sebastián se quitó el delantal, lo dobló con calma y se lo puso entre los brazos como si le dejara un niño no deseado. La miró de arriba abajo y dijo con dulzura corrosiva:
—Ay, Mireya… tú no necesitas una peluquería. Tú necesitas un exorcismo con difusor y lubricante. Porque ni el demonio se te acomoda en esa silla. La clientela contuvo la respiración. Y Sebastián remató, con una frase que quedó flotando en el salón como perfume de revelación:
—¿Sabes qué es lo más triste de ti, Mireya? Que ni con todo el spray del mundo puedes fijar el respeto que ya perdiste hace rato.
Y salió. No moviendo las caderas. No haciendo show. Salió como salen los que ganan: con la espalda recta y el ego intacto, dejando a la Tijerana con las tijeras en la mano y la autoestima hecha polvo de talco.
Moraleja:
Hay lugares que huelen a champú, pero están podridos por dentro. Y a veces basta una sola alma con brillo para recordarle a la tiranía que no hay laca que sostenga lo que se cae por falta de respeto.